viernes, 18 de enero de 2008

2008 ¿Inicio de qué?

Ciudad de México, 18 de enero de 2008
Servicio informativo núm. 323

2008 ¿INICIO DE QUÉ?
por Pablo Moctezuma Barragán

El autor de este texto es editor de la publicación electrónica Teixitiani (El Despertar, en náhuatl) y promotor de la organización México Tekizetiliztli, sobre la que se puede obtener más información y conocer sobre sus objetivos en la dirección electrónica www.mexteki.org, misma que es considerada como un instrumento de lucha, organización y conciencia.

En medio de la oscuridad, sumidos en el retroceso del país y con el coraje y la resistencia de muchos mexicanos inicia un nuevo año: 2008. No puede ser que las instituciones de justicia, como es el caso de la Suprema Corte, dejen libres a los pederastas y a las redes criminales que atacaron a Lydia Cacho, mientras los luchadores sociales están presos, como los compañeros de Atenco y de la APPO que sufren años de cárcel. Los gobernantes criminales, asesinos y ladrones, como Ulises Ruiz y Mario Marín, están impunes y hasta presumen de los millones que se robaron, como Fox y Martha, mientras que los estudiantes normalistas de Ayotzinapan, Guerrero, van a la cárcel por exigir su derecho al empleo, su plaza de maestros o su puesto en la educación.

No puede ser que los representantes del Poder Legislativo: diputados y senadores, sigan subordinados a las grandes corporaciones capitalistas y, en contra de la Constitución, hayan modificado la ley permitiendo la privatización subrepticia de Pemex con los contratos múltiples y los Pidigeras, y la de la energía eléctrica que provocó la inundación de Tabasco por favorecer a la iniciativa privada, a la que el gobierno compra 31% de su energía eléctrica y que operó la presa Peñitas 66% por debajo de su capacidad, sin importarle que se acumulara el agua a un nivel que, con las lluvias, no pudo controlarse. Y saltándose al Congreso, la Secretaría de Energía publicó, el 5 de diciembre, un nuevo reglamento de gas licuado de petróleo en el que se estipula, en su artículo primero, que en lo referente al almacenamiento, transportación y distribución de gas licuado de petróleo, podrán participar el sector social y el privado, sometiéndose a las leyes comerciales del país. Lo que contradice abiertamente el artículo 27 de la Constitución.

Y ¿cómo es posible que, también en contra de las garantías individuales consagradas en la Constitución y contra los derechos humanos, los representantes del Poder Legislativo aprueben una “reforma judicial” que permite que cualquier cuerpo policiaco pueda allanar, catear y detener, sin orden de juez, y arraigar hasta por 40 días a personas por el delito de ser “sospechosos”? Dicha reforma crea un Estado policiaco como el que quiere Washington en México, mientras el mismo gobierno —a fin de justificar su política fascista dictada por Estados Unidos y servir a los intereses de los fabricantes de armas y empresas conexas de ese país— utiliza a los medios de comunicación, que le sirven gustosos como empresas capitalistas que son, para promover la cultura de la violencia, la escuela del crimen y la apología del delito. Por su alianza con ellos, los representantes del Poder Legislativo no se atreven a regular los medios de comunicación para que sean un medio de información y educación públicas. En lugar de eso, los medios se encargan de esconder y falsear la realidad, como se ve y se ha visto todos los días, en particular, en las elecciones presidenciales de 2006.

Hoy, los medios de “comunicación” son un monopolio de medios de desinformación y de destrucción de la identidad nacional. Programan series y películas para glorificar al ejército y a las policías de Estados Unidos, deformar las mentes de millones de mexicanos y ocultar la realidad. Además, hacen grandes negocios con sus supuestos programas de ayuda o caridad. En realidad, el Estado debe proteger el bienestar de todos los miembros de la sociedad y hacer valer los derechos de todos y todas; sin embargo, lo que hace actualmente es empobrecer y explotar a la población para que luego esté sujeta a limosnas, como las del Teletón que recién se celebró.

No puede ser que a la cabeza del poder ejecutivo esté un personaje, Calderón, que no ganó las elecciones, que perdió a pesar del fraude y de las ilegalidades realizadas antes y durante las elecciones y que, contra todo y contra la protesta de millones de mexicanos, fue impuesto a posteriori por el PRIAN al servicio de los grandes intereses capitalistas, usando al IFE y al TRIFE para “legalizar” el robo.

No puede ser que Calderón firme con Estados Unidos y Canadá acuerdos que van en contra de la soberanía nacional, como son el ASPAN, o TLC plus, y el Plan México, o Iniciativa Mérida. Con éstos, él abre a Bush las puertas para la intervención militar del imperialismo en México y lleva a nuestro país a la colaboración en la política agresiva del vecino del Norte contra el mundo.

México siempre se presentó con orgullo ante todas las naciones como defensor de la soberanía. Ésa era su tradición. Así lo demostró Lázaro Cárdenas, al ser el primero en condenar las agresiones fascistas de Hitler y Mussolini y al dar cobijo a los refugiados españoles que huían de la barbarie fascista de Francisco Franco. Hoy, para vergüenza nuestra, México es considerado el alfil de Washington en América Latina frente a países que enfrentan a ese imperio, como Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y otros.

No puede ser que la Constitución nos dé el derecho al empleo, salario digno, jornada de 8 horas, vivienda, educación, salud, etc. y que la realidad de cada día contradiga todo lo que está estipulado en la máxima ley del país. Hoy, cunden el desempleo y la migración, las jornadas de trabajo interminables y la inaccesibilidad a los servicios de salud, educación y vivienda y su encarecimiento. Las grandes corporaciones, con el contubernio del gobierno, de nuestros derechos han hecho un negocio. Ahora, hasta con el agua trafican. Los derechos quedan en el papel; cunde la represión y la tortura. Como sucedió en Atenco, cuando el pueblo se opuso a la construcción de un gran aeropuerto. Ahora, Calderón, además de darles penas interminables de cárcel a los líderes de Atenco, regala Aeroméxico a quienes hicieron la campaña sucia para llevarlo al poder. Pero al movimiento social se le reprime. Hay 30 desaparecidos en el actual sexenio y 100 desde que el PAN llegó al poder. Cerca de 200 presos políticos están detenidos en las cárceles del país por el delito de resistir contra la injusticia. En cambio, los ricos son impunes y acumulan ganancias sin freno.

En la realidad, todo está organizado sólo para enriquecer a unos cuantos, incluso tenemos la vergüenza de contar con el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, que acumula más de 60,000 millones de dólares en un país en el que millones de mexicanos se debaten en la pobreza extrema.

Pero todo tiene un límite y resulta que el pueblo sabe que la Constitución está para cumplirse, que tenemos que lograr que los derechos que ya se reconocieron formalmente en el siglo XX se hagan efectivos en este siglo XXI, para que los disfruten todas y todos los mexicanos y cuanto antes.

Todo está al revés. Los tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, están en contra de los intereses del pueblo y de las mejores tradiciones nacionales, en contra de la soberanía popular. Las instituciones han degenerado, no solucionan los problemas, al contrario, los causan. Todo esto es escandaloso y el pueblo ya se ha dado cuenta.

Llegó el momento de la acción. La resistencia se extiende por el país. Los mineros, los electricistas, el movimiento democrático de resistencia civil, el pueblo de Oaxaca, los normalistas, los pueblos de Chiapas contra el desalojo en Montes Azules, los potosinos contra la Minera San Xavier y los guerrerenses contra la construcción de la presa La Parota.

Se articula la resistencia y se gesta un movimiento de importancia histórica. Como histórica es su misión, hay que cambiar las instituciones, transformarlas completamente, de manera revolucionaria.

El artículo 39 de nuestra Constitución dice a la letra: “La Soberanía Nacional reside esencial y originariamente en el pueblo, todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de gobierno”.

¿Funciona para el beneficio del pueblo la forma de gobierno actual? Tenemos el derecho inalienable de asumir nuestra soberanía y hacer las modificaciones necesarias para transformar la forma de gobierno en una que garantice realmente los derechos para todos y todas. ¿Acaso no ha llegado el momento en que ejerzamos ese derecho? ¡Sí! Y es lo que estamos haciendo.

En 1808, hace casi doscientos años, vivíamos sujetos al colonialismo y subordinados al rey Borbón de España: Carlos IV. Cuando Napoleón Bonaparte invade España, secuestra al rey y lo obliga a renunciar, para imponer a su hermano José Bonaparte, alias “Pepe Botella”. En la Ciudad de México se dio la polémica.

Ya que no hay rey ¿quién manda? La Real Audiencia dictó que deberíamos obedecer a la Junta de Sevilla, establecida allá en España. Ya que no había un soberano, el Ayuntamiento de la Ciudad de México acordó que la soberanía recaía en el pueblo. Ésta fue una decisión trascendental.

El 19 de julio de 1808, hubo una histórica reunión del Ayuntamiento de la Ciudad de México; ahí, Francisco Primo Verdad hizo por primera vez esta declaración revolucionaria, defendiendo la soberanía popular. El Ayuntamiento apoyó al virrey Iturrigaray para que permaneciera en el poder, por acuerdo de los mexicanos.

Los españoles no se quedaron cruzados de brazos. Gabriel Yermo organizó un complot. Una noche secuestraron al virrey e impusieron a un anciano de 80 años, Pedro Garibay, como nuevo virrey. En ese momento, parecía que el poder de los españoles seguía intacto y que la Colonia y el dominio hispano continuarían indefinidamente, pero la historia seguía su curso, y el pueblo de México quería su independencia y soberanía.

En aquel entonces, las instituciones estaban fracturadas. No pasó mucho tiempo para que el pueblo se levantara para hacer válida la Soberanía Popular e iniciara la lucha por la independencia de México que se coronó en 1821. El año de 1808 fue el que marcó el inicio de la lucha por la independencia y la soberanía popular.

Cien años después, luego de una larga dictadura, corría el año de 1908 cuando Porfirio Díaz, entrevistado por James Creelman, redactor del Pearson’s Magazine de Estados Unidos, declaró “que había llegado el momento para que el pueblo seleccionara y cambiara su gobierno en cada elección, y que apoyaría a un gobierno completamente demócrata”. Desde ese mes de marzo de 1908 comenzó la organización de partidos y la lucha por el “sufragio efectivo” y la “no reelección” del dictador. También entre los porfiristas surge la división al proponerse distintos candidatos a la vicepresidencia, puesto clave debido a la cercanía de la muerte del anciano dictador.

Pero Porfirio Díaz volvió a lanzarse para la Presidencia y se reeligió una vez más. Parecía que todo quedaba intacto; sin embargo, la historia seguía su curso y el pueblo de México aspiraba a la democracia.

El régimen porfirista se fracturó. Luego de la reelección de Porfirio Díaz, el 20 de noviembre de 1910 comenzó la Revolución mexicana que dio a luz a grandes líderes populares, como Zapata y Villa, y acabó con la dictadura.

Han pasado casi 200 años de la Independencia y 100 de la Revolución mexicana y los avances indudables que se han logrado han sido revertidos por el poder de los grandes consorcios capitalistas, que todo lo dominan. La situación del pueblo, sus condiciones de vida y trabajo han retrocedido enormemente.

México, subordinado por el imperio estadunidense, sufre el neocolonialismo. Nuestra economía destrozada está completamente controlada por las grandes trasnacionales y los organismos financieros internacionales que aplican el neoliberalismo. En el poder no se perpetúa una misma persona, pero sí los mismísimos intereses. Hay alternancia de partidos en el poder a nivel federal, estatal y local, pero con esto se oculta la defensa de un solo interés: el de los grandes monopolios norteamericanos. Bajo la fachada “democrática” se esconde la dictadura del capital.

En 2006, las elecciones fueron sólo un teatro para justificar la imposición del continuismo y la permanencia del PAN en el poder. Washington necesitaba a un incondicional en la Presidencia. El movimiento democrático ha denunciado el fraude electoral, pero todas las instituciones lo convalidaron. La maquinaría del PRIAN ha usurpado la soberanía popular y vendido la soberanía nacional.

Sin embargo, millones de mexicanos no han aceptado a un presidente espurio, como hace doscientos años no aceptaron al vejete Pedro Garibay, y hace casi cien años no aceptaron ni a Porfirio Díaz ni a Victoriano Huerta, a pesar de que ejercían efectivamente el poder. Hoy por hoy, Felipe Calderón no tiene legitimidad alguna y no puede ni salir a la calle sin verse repudiado.

La rueda de la historia está en marcha. El pueblo mexicano aguanta mucho y en México no pasa nada… ¡Hasta que pasa! Y, entonces, el pueblo se decide a lograr las transformaciones necesarias y lo hace con todo su poder y toda su energía transformadora. Así lo demostró en 1810, 1857, 1867, 1910… Así cada vez que ha sido necesario.

¿Es o no necesario que hoy, al iniciar el tercer milenio, el pueblo de México se organice para conquistar otra vez su libertad?

Los últimos acontecimientos han hecho ver a los sectores conscientes del pueblo de México que hace falta una transformación profunda: política, económica, social y cultural.

El año 2008 comienza con un brutal ataque a lo más sagrado de nuestra sociedad y nuestra tierra: el maíz, cultivo que ha sustentado durante miles de años a las sociedades de nuestro territorio. La liberación del maíz, el uso de transgénicos, atenta contra la soberanía alimentaria. También está en riesgo el frijol y otros cultivos que han sido claves para nuestro sustento. La soberanía alimentaria es piedra angular de la soberanía económica y sin soberanía económica no hay soberanía política.

Está de más recordar que para que exista la soberanía popular es necesaria la soberanía política. Así que este nuevo golpe del Tratado de Libre Comercio es el colmo, la vida se hace imposible. La población lo siente en la vida cotidiana, sufriendo de salarios de hambre, jornadas de trabajo inhumanas, una carestía de los bienes básicos insoportable y el creciente desempleo que empuja a la migración hacia el norte Se tienen que ir 650 mil mexicanos a buscar la vida a lejanas tierras, lo que destruye a las familias. Estos problemas de cada quien, cada día tienen que ver con la falta de soberanía.

Es necesario que cada individuo sea libre, lo que implica en primer lugar que sea autosuficiente, que no dependa de limosnas ni esté sujeto a los intereses de otro y que se respeten sus derechos individuales y colectivos. Es importante que cada localidad y región sea sostenible y autosuficiente y cuente con un desarrollo económico que permita a la gente vivir con bienestar y permanecer en la localidad o región. Todo esto no se logrará si el país no es independiente, si no se desarrolla apoyándose en sus propias fuerzas, sus recursos, su gente y sus riquezas.

Todo es cuestión de soberanía. Las naciones soberanas del mundo entero van a acabar con el imperialismo y el capitalismo y a relacionarse entre sí, en pie de igualdad y en plan de ayuda mutua. El internacionalismo por el que luchamos significa que cada una de las naciones sea capaz de relacionarse en pie de igualdad con las demás y que en el mundo se cumplan los derechos de todos. Porque somos una sola humanidad y tenemos una sola lucha.

El mundo está en movimiento y cambio constantes, la sociedad ha ido avanzando. Hace doscientos años el capitalismo era lo nuevo; sin embargo, luego de dos siglos y del completo triunfo de este sistema en México y en el mundo, el sistema capitalista actual ya está en completa decadencia y en lugar de proporcionar bienestar a la sociedad y favorecer el desarrollo integral y el florecimiento de la naturaleza hace todo lo contrario. Su “democracia” no es efectiva, hoy no es el pueblo el que manda, es la democracia en la que manda Washington usando a sus operadores, los Calderones, los Fox y sus Marthas, los Beltrones, los Fernández de Ceballos y las Elbas Estheres, los Azcárragas y los Salinas Pliego. Hoy, el capitalismo de las corporaciones monopolistas atenta contra la soberanía.

El pueblo soberano debe decidir qué clase de futuro necesita y qué nuevas instituciones van a resolver los problemas del siglo XXI. Es el pueblo el que tiene que garantizar un modelo económico, político, social y cultural que dé bienestar a las futuras generaciones.

Porque lo que hoy tenemos sólo garantiza narcotráfico, migración, explotación, violencia, muerte y sufrimiento. Y el pueblo busca su felicidad. Hay los medios —con la moderna tecnología— para garantizar el bienestar de todos, pero hace falta que la sociedad controle esos medios en su beneficio.

Por eso, hoy por hoy, el asunto de la soberanía vuelve a estar en el orden del día. Es importante que el pueblo decida y construya su propio futuro, que el pueblo transforme las instituciones para que estén a su servicio y representen sus intereses.

El pueblo, para ser soberano, debe tener la capacidad de seleccionar, elegir, mandar y controlar a sus propios representantes. Hace falta una democracia representativa en la que no se dé al representante un cheque en blanco y en la que todos tengamos el derecho efectivo a elegir y ser electos. Para lograr esto es vital desmontar el sistema de partidos, en el que las cúpulas minoritarias lo controlan todo y seleccionan a los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

El 2008 será el inicio de la reactivación de la lucha por la democracia que sirva al pueblo y por la soberanía popular y nacional. Pero esta lucha requiere de un proceso de educación, movilización y organización.


La burguesía ha fracasado, su sistema está deteriorando, como nunca, a la sociedad y a la naturaleza. Es la clase obrera, y su organización, la que tiene que desarrollar la capacidad de construir un mundo nuevo apoyándose en las raíces milenarias de la tierra que la vio nacer, crecer, producir y desarrollarse.

Es el trabajo fuente de riqueza y bienestar. Es la unidad la base de la fuerza. La unión del trabajo es la alternativa para la sociedad del siglo XXI. La clase obrera será capaz de cumplir su meta sólo sobre la base de la unidad de todo el pueblo por encima de ideologías, partidos políticos, religión, color de piel, origen nacional, edad, género, profesión y preferencia sexual. El pueblo unido tiene una fuerza formidable. A este potencial apelamos para rescatar y hacer válida la soberanía nacional.

En esta causa, nos inspira la lucha de nuestros abuelos indígenas: Moctezuma, Cuitlahuac y Cuauhtemoc, Jacinto Canek y el negro Yanga. La lucha de los héroes de la independencia, Hidalgo y Morelos, de las mujeres, como Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario y Gertrudis Bocanegra. La de los jóvenes héroes que enfrentaron la invasión norteamericana y la de Juárez que enfrentó a los conservadores y al invasor francés con su “emperador” de pacotilla. La lucha de Zapata y Villa, quienes surgieron de lo profundo de nuestra tierra para defender al pueblo trabajador. La de los trabajadores petroleros, electricistas, ferrocarrileros y maestros que levantaron las demandas obreras. La de Lázaro Cárdenas, aquel que apoyó a los trabajadores, dio tierra al campesino y expropió el petróleo. Todos ellos defendieron la soberanía.

Ahora, somos nosotros quienes tenemos ese honor y esa enorme responsabilidad. Somos nosotros los que tenemos que rescatar un México para nuestros hijos y nietos. Es el momento de hacerlo. Somos nosotros los que tenemos que desarrollar la capacidad y la organización de hacerlo. Hoy. Sí lo vamos a hacer, sí lo podemos hacer, porque nos mueve la enorme confianza en el futuro que ya vislumbramos, un futuro de bienestar para todos los mexicanos. Ya que tenemos derechos y están reconocidos, ahora sólo tenemos que hacerlos efectivos, ni más ni menos. Y el pueblo lo va a hacer. Ésa es la tradición del pueblo mexicano y hoy nos toca a nosotros hacer honor a esa larga tradición. Nos toca a nosotros rescatar el nombre de México, hoy pisoteado por el mal gobierno, y alinearnos con las naciones más progresistas y avanzadas del mundo moderno.

La lucha actual es nacional e internacional. Los mexicanos, por millones, emigran a Estados Unidos, donde se da un proceso de unidad de los trabajadores, independientemente de su origen racial o nacional, con la consigna: Nadie es ilegal.

En Norteamérica, los comunistas y los trabajadores de Canadá, Estados Unidos y México nos unimos por la misma causa y enfrentamos a los grandes monopolios norteamericanos y al intento de anexión de Canadá y México.

En Latinoamérica, nos solidarizamos con la lucha de los pueblos y en particular con la causa de Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y la de todos los países que se oponen al neocolonialismo y al neoliberalismo.

En todo el mundo hay resistencia contra el imperio. Corea del Norte, Irán y Vietnam son sólo algunos ejemplos. De corazón apoyamos la heroica resistencia del pueblo palestino, denunciando el cerco de Israel contra la Franja de Gaza y respaldamos el combate de los patriotas iraquíes y afganos contra el ocupante yanqui.

En medio de la oscuridad se acerca la salida del Sol. Estamos en la alborada de nuevos y brillantes tiempos. No nos dejemos amedrentar por lo negro y lo largo de la noche que hemos vivido, la noche del neoliberalismo y del capitalismo salvaje, porque ya viene el nuevo Sol. En este nuevo siglo XXI, en este nuevo milenio, ejerciendo la soberanía vamos a erradicar la explotación y la injusticia entre los seres humanos. Porque somos una humanidad consciente.

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