domingo, 11 de enero de 2009

¿Qué le pasó a nuestra humanidad?, por Luisa Morgantini

Ciudad de México, 9 de enero de 2009
Servicio informativo núm. 617


Sumario:

I.
¿Qué le pasó a nuestra humanidad?, por Luisa Morgantini

II. De las piedras de David a los tanques de Goliat, por José Saramago

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¿QUÉ LE PASÓ A NUESTRA HUMANIDAD?
por Luisa Morgantini

(publicada en Roma, Italia, el 3 de enero de 2009)

Frente a la vergonzosa decisión del gobierno israelí de atacar por tierra e invadir de manera indiscriminada la Franja de Gaza, y al silencio cómplice de la comunidad internacional que, una vez más, ha demostrado su inmoralidad política y falta de decencia humana, la vicepresidenta del Parlamento Europeo, Luisa Morgantini, ha enviado una carta a los políticos italianos, atacándolos por su inercia y falta de beligerancia. Una carta que perfectamente se podría enviar a todos los políticos de las grandes potencias mundiales, quienes en estas horas de horror y desesperación para el pueblo palestino siguen titubeando y proponiendo soluciones que de ninguna manera van a la raíz del problema, manteniendo una actitud de sumisión frente a la rapaz dirigencia israelí y al nuevo veto que Estados Unidos acaba de imponer en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Ni siquiera una palabra, un pensamiento, una señal de dolor para centenares de personas asesinadas, mujeres, niños, ancianos y militantes de Hamas, esos últimos también personas. Casas derrumbadas, edificios enteros, ministerios, escuelas, farmacias, delegaciones de la policía. ¿Qué se hizo nuestra humanidad? ¿Dónde están Veltroni y su “I Care” (secretario nacional del Partido Demócrata de Italia, quien hizo suyo el lema Obamiano en las últimas elecciones en Italia. N.d.R.)? ¿Cómo se puede callar o defender la política de agresión israelí?

La población de Gaza y de Cisjordania, los palestinos todos, pagan el precio de la incapacidad de la comunidad internacional de hacer que Israel respete la legalidad internacional, obligándolo a dejar su política colonial.

Ciertamente, Hamas con el lanzamiento de los cohetes asusta y es una amenaza contra la población civil israelí, acciones ilegales, y hay que condenarlas. Hay que pararlas. Pero, ¡basta ya! con la impunidad de Israel y los chantajes de sus grupos dirigentes. Desde 1967, Israel ocupa militarmente los territorios palestinos, una ocupación brutal y colonial. Robo de tierras, demolición de casas, retenes donde los palestinos son maltratados físicamente, despreciados, humillados; centros urbanos (colonias) que surgen sin control, llevándose tierra, agua, destruyendo cultivos. Miles de prisionero políticos, a los que se les prohíbe las visitas de sus familiares.

Ustedes, dirigentes políticos, ¿acaso han visto alguna vez la desesperación de un campesino palestino cuando se agarra del tronco de su árbol de olivo, mientras un buldózer se lo lleva y los soldados le pegan con el fusil para que lo suelte? ¿O una mujer que pare detrás de una roca y el marido que le corta el cordón umbilical con una piedra porque los soldados israelíes en el retén no le permiten pasar para ir al hospital? ¿O Um Kamel, sacada de su casa que le costó muchos sacrificios, porque fanáticos judíos que no son sobrevivientes del holocausto llegaron desde Brooklin, pensando que esa tierra, y por lo tanto esa casa, les pertenecían por derecho divino, y entraron con la fuerza, tomándosela, porque en ese barrio árabe de Jerusalén quieren levantar otra colonia hebrea? ¿Acaso han visto a los niños de las aldeas en los alrededores de Tuwani, al sur de Hebrón, que para ir al colegio tienen que caminar más de una hora y media porque en la carretera que va de su aldea a la escuela surge un asentamiento y los colonos agreden y les pegan a los niños? ¿O los pastores de Tuwani que encuentran sus tanques de agua y sus ovejas envenenadas por fanáticos colonos? ¿O la ciudad de Hebrón?

¿Han visto el muro que corta calles y barrios, que expropia a los palestinos de sus tierras, que separa a los palestinos de los palestinos, que le da nuevas tierras fértiles y agua a Israel, un muro considerado ilegal por la Corte Internacional de Justicia? ¿Han visto en el paso de Eretz a los enfermos de cáncer devueltos por razones de seguridad? En los últimos 19 meses, son 283 las personas muertas por falta de atención médica. Tenían que ser atendidas en el exterior, pero no las dejaron pasar pese a que los médicos israelíes del grupo Phisician for Human Rights respondían por ellos. ¿Han probado el frío que penetra hasta los huesos en las noches heladas de Gaza porque no hay calefacción, no hay luz, o han visto a los niños nacidos prematuros en el hospital de Shifa, con sus cuerpecitos que quieren vivir, y son suficientes treinta minutos sin electricidad para que mueran?

¿Han visto el miedo y el terror en los ojos de los niños, sus cuerpos partidos? Sin duda alguna también los niños de Sderot, su miedo, no es diferente, y también los cohetes matan, pero por lo menos ellos tienen dónde refugiarse, dónde ir y por suerte nunca han visto edificios derrumbados, o decenas de cadáveres que los rodean, o aviones que los bombardean. Un solo muerto es suficiente para decir NO, pero las proporciones también tienen su valor, reducido a fantasma porque en el casco urbano 400 colonos, custodiados por miles de soldados, han desalojado a miles de palestinos, obligándolos a cerrar 870 actividades comerciales. Desde 2002 hasta la fecha, han muerto 20 personas por los cohetes que lanzan los extremistas palestinos. Demasiado, pero en Gaza, en ese mismo lapso de tiempo, miles y miles de casas han sido derrumbadas y más de tres mil personas han sido asesinadas, entre ellas centenares de niños que no lanzaron cohetes.

Después de las manifestaciones en Milán donde fueron quemadas banderas israelíes, ustedes, los dirigentes políticos, manifestaron indignación y gritaron su condena. Tienen todo el derecho de hacerlo. Yo no quemo banderas, ni de Israel, ni de otros países y pienso que Israel tiene el derecho de existir como un Estado normal, un Estado por sus ciudadanos, con las fronteras de 1967, mucho más amplias que las de la repartición de Palestina decidida por Naciones Unidas en 1947. Sin embargo, me hubiese gustado oír indignación y humanidad en sus palabras, oírles gritar el dolor por tantos muertos y tanta destrucción, por tanta arrogancia y falta de humanidad, por tanta violación del derecho internacional y humanitario. Me hubiese gustado escucharles decir a los gobernantes israelíes: ¡Cesen el fuego! ¡Cesen el asedio a Gaza! ¡Paren ya la construcción de colonias en Cisjordania! ¡Acaben con la ocupación militar! ¡Respeten y apliquen las resoluciones de las Naciones Unidas! Es ésta la mejor manera para quitarles espacios a los fundamentalismos y a las amenazas contra Israel.

Ayer lo decían miles de israelíes en Tel Aviv: “Rechazamos ser enemigos. ¡Basta ya de ocupación!”. ¡Dios mío, en que mundo terrible vivimos!

© (Testo y traducción Giorgio Trucchi - Lista Informativa "Nicaragua y más" de Asociación Italia-Nicaragua, www.nicaraguaymasespanol.blogspot.com).

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DE LAS PIEDRAS DE DAVID A LOS TANQUES DE GOLIAT
por José Saramago

(publicado en El Cuaderno de Saramago, http://cuaderno.josesaramago.org, el 8 y 9 de enero de 2009)

Este artículo fue publicado por primera vez hace algunos años. Su paño de fondo es la segunda intifada palestina, en 2000. Me atrevo a pensar que el texto no ha envejecido demasiado y que su “resurrección” está justificada por la criminal acción de Israel contra la población de Gaza. Por eso, ahí va.

Afirman algunas autoridades en cuestiones bíblicas que el Primer Libro de Samuel fue escrito en la época de Salomón, o en el periodo inmediato, en cualquier caso antes del cautiverio de Babilonia. Otros estudiosos no menos competentes argumentan que no sólo el Primero, sino también el Segundo Libro, fueron redactados después del exilio de Babilonia, obedeciendo su composición a la denominada estructura histórico-político-religiosa del esquema deuteronomista, es decir, sucesivamente, la alianza de Dios con su pueblo, la infidelidad del pueblo, el castigo de Dios, la súplica del pueblo, el perdón de Dios. Si la venerable escritura procede del tiempo de Salomón, podremos decir que sobre ella han pasado, hasta hoy, en números redondos, unos tres mil años. Si el trabajo de los redactores fue realizado tras el regreso de los judíos del exilio, entonces habrá que descontar de ese número unos quinientos años, más arriba, más abajo.

Esta preocupación de exactitud temporal tiene como único propósito ofrecer a la comprensión del lector la idea de que la famosa leyenda bíblica del combate (que no llegó a producirse) entre el pequeño David y el gigante filisteo Goliat, está siendo mal contada a los niños por lo menos desde hace veinte o treinta siglos. A lo largo del tiempo, las diversas partes interesadas en el asunto elaboraron, con el consentimiento acrítico de más de cien generaciones de creyentes, tanto hebreos como cristianos, toda una engañosa mistificación sobre la desigualdad de fuerzas que separaba los bestiales cuatro metros de altura de Goliat de la frágil complexión física del rubio y delicado David. Tal desigualdad, enorme según todas las apariencias, era compensada, y luego revertida a favor del israelita, por el hecho de que David era un jovencito astuto y Goliat una estúpida masa de carne, tan astuto aquél que, antes de enfrentarse al filisteo, buscó en la orilla de un riachuelo que había por allí cerca cinco piedras lisas que se metió en la alforja, tan estúpido el otro que no se dio cuenta de que David venía armado con una pistola. Que no era una pistola, protestarán indignados los amantes de las soberanas verdades míticas, que era simplemente una honda, una humildísima honda de pastor, como ya las habían usado en inmemoriales tiempos los siervos de Abrahán que le conducían y guardaban el ganado. Sí, de hecho no parecía una pistola, no tenía cañón, no tenía barrilete, no tenía gatillo, no tenía cartuchos, lo que tenía era dos cuerdas finas y resistentes atadas por las puntas a un pequeño trozo de cuero flexible en la parte cóncava en la que la mano experta de David colocaría la piedra que, a distancia, fue lanzada, veloz y poderosa como una bala, contra la cabeza de Goliat, y lo derrumbó, dejándolo a merced del filo de su propia espada, ya empuñada por el diestro fundibulario. No por ser más astuto el israelita consiguió matar al filisteo y darle la victoria al ejército del Dios vivo y de Samuel; fue simplemente porque llevaba consigo un arma de largo alcance y la supo manejar. La verdad histórica, modesta y nada imaginativa, se contenta con enseñarnos que Goliat no tuvo siquiera la posibilidad de ponerle las manos encima a David, la verdad mítica, emérita fabricante de fantasías, nos acuna desde hace treinta siglos con el cuento maravilloso del triunfo del pequeño pastor sobre la bestialidad de un guerrero gigantesco al que, finalmente, de nada podía servirle el pesado bronce del casco, de la coraza, de las perneras y del escudo. Por lo que podemos concluir del desarrollo de este edificante episodio, David, en las muchas batallas que hicieron de él rey de Judá y de Jerusalén y extendieron su poder hasta la margen derecha del río Eufrates, nunca más volvió a usar la honda y las piedras.

Tampoco las usa ahora. En estos últimos cincuenta años han crecido de tal manera las fuerzas y el tamaño a David que entre él y el sobrancero Goliat ya no es posible reconocer ninguna diferencia, hasta se puede decir, sin ofender la ofuscadora claridad de los hechos, que se ha convertido en un nuevo Goliat. David, hoy, es Goliat, pero un Goliat que ha dejado de cargar pesadas y en definitiva inútiles armas de bronce. El rubio David de antaño sobrevuela en helicóptero las tierras palestinas ocupadas y dispara misiles contra objetivos inermes, el delicado David de otrora tripula los más poderosos tanques del mundo y aplasta y revienta todo lo que encuentra por delante, el lírico David que cantaba loas a Betsabé, encarnado ahora en la figura gargantuesca de un criminal de guerra llamado Ariel Sharon, lanza el “poético” mensaje de que primero es necesario aplastar a los palestinos para después negociar con lo que reste de ellos. En pocas palabras, en esto consiste, desde 1948, con ligeras variantes meramente tácticas, la estrategia política israelí. Intoxicados por la idea mesiánica de un Gran Israel que realice finalmente los sueños expansionistas del sionismo más radical; contaminados por la monstruosa y enraizada “certeza” de que en este catastrófico y absurdo mundo existe un pueblo elegido por Dios y que, por tanto, están automáticamente justificadas y autorizadas, en nombre también de los horrores del pasado y de los miedos de hoy, todas las acciones propias resultantes de un racismo obsesivo, psicológica y patológicamente exclusivista; educados y entrenados en la idea de que cualquier sufrimiento que hayan infligido, inflijan o puedan infligir a otros, y en particular a los palestinos, siempre estará por debajo de los que sufrieron en el Holocausto, los judíos escarban interminablemente su propia herida para que no deje de sangrar, para hacerla incurable, y enseñarla al mundo como si se tratase de una bandera. Israel hizo suyas las terribles palabras de Jehová en el Deuteronomio: “Mía es la venganza, y yo les daré su merecido”. Israel quiere que nos sintamos culpables, todos nosotros, directa o indirectamente, de los horrores del Holocausto, Israel quiere que renunciemos al más elemental juicio crítico y nos transformemos en dócil eco de su voluntad, Israel quiere que reconozcamos de jure lo que para ellos es ya un ejercicio de facto: la impunidad absoluta. Desde el punto de vista de los judíos, Israel no podrá nunca ser sometido a juicio, dado que fue torturado, gaseado y quemado en Auschwitz. Me pregunto si los judíos que murieron en los campos de concentración nazis, esos que fueron masacrados en los pogromes, esos que se pudrieron en los guetos, me pregunto si esa inmensa multitud de infelices no sentiría vergüenza de los actos infames que sus descendientes están cometiendo. Me pregunto si el hecho de haber sufrido tanto no sería la mejor causa para no hacer sufrir a otros.

Las piedras de David han cambiado de manos, ahora son los palestinos quienes las lanzan. Goliat está al otro lado, armado y equipado como nunca se ha visto a soldado alguno en la historia de las guerras, salvo, claro está, al amigo norteamericano. Ah, sí, las horrendas matanzas de civiles causadas por los terroristas suicidas… Horrendas, sí, sin duda, condenables, sí, sin duda, pero Israel todavía tiene mucho que aprender si no es capaz de entender las razones que pueden hacer que un ser humano se transforme en una bomba.

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