viernes, 17 de julio de 2009

La crisis de México, la de 1946 y la de ahora, por Lorenzo Meyer


Ciudad de México, 17 de julio de 2009
Servicio informativo núm. 704



Sumario:


I. La crisis de México, la de 1946 y la de ahora, por Lorenzo Meyer


II. Historias de la emigración, por José Saramago


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LA CRISIS DE MÉXICO, LA DE 1946 Y LA DE AHORA

por Lorenzo Meyer

(publicado en diversos periódicos nacionales y de provincia el 16 de julio de 2009)


“Ningún país podrá crear riqueza si el manejo de su economía tiene como fin el enriquecimiento de sus líderes o si la Policía puede ser comprada por los narcotraficantes. Ningún empresario querrá invertir en un lugar en donde desde el Gobierno le ‘descreman’ el 20% de sus utilidades o donde el encargado de las aduanas es un corrupto. Ninguna persona desea vivir en una sociedad donde el imperio de la ley es sustituido por el imperio de la brutalidad y del cohecho. Eso no es democracia, eso es tiranía, incluso si de tarde en tarde se tiene una elección. Hoy es el momento de que ese estilo de gobernar llegue a su fin.” (The New York Times, 11 de julio).


Esta cita es del discurso pronunciado en Ghana por el presidente norteamericano, Barack Obama, con motivo de su primera visita oficial al África al Sur del Sahara. Visto desde nuestro país, Obama no le hubiera tenido que cambiar ni una coma a su alocución si hubiera decidido pronunciarla en México. Claro que aquí hubiera ofendido, pero gracias al origen africano de su padre y la ayuda que ha prometido para el continente que en siglos pasados proveyó de esclavos imprescindibles a la economía norteamericana, el presidente Obama recibió no un reproche sino una ovación. Son pocas las ocasiones en que el líder de un imperio puede darse el lujo de dar un discurso que fuese, a la vez, certero, crítico, oportuno y bien recibido por sus anfitriones. Obama lo hizo. Hay que ver si la retórica corresponde a las acciones.


Como sea, lo relevante es que el diagnóstico para África es también válido para nosotros. México tendrá un ingreso per cápita superior al del grueso de los países africanos, pero sufre de los mismos problemas de “gobernanza” a los que se refirió el presidente norteamericano; por ejemplo, en materia de corrupción México está peor que Ghana, (Transparencia Internacional, 2008 Corruption Perception Index). Y ese es el corazón de nuestra tragedia.


La solución que Obama sugirió a los africanos se podrá aplicar también al caso mexicano: “lo que se necesita no son hombres fuertes sino instituciones fuertes”. Cierto, pero resulta que una solución tan fácil de formular es muy difícil de poner en práctica sea en África o aquí, aunque como Obama señaló: “hoy es el momento” y “sí se puede”. Sin embargo, en términos operativos ¿cómo “mandar al diablo” a las pésimas instituciones que tenemos y remplazarlas por las que necesitamos? ¿Cómo lograr tener una Policía que efectivamente proteja a los ciudadanos, unos partidos políticos que sí representen a sus electores, un IMSS que realmente vigile los servicios que subrogó, un Ministerio Público que indudablemente defienda al público y no lo extorsione, un Ejército que no viole los derechos humanos cuando busca sicarios, un magisterio que en verdad dé al alumno la enseñanza a la que tiene derecho o un fisco que sea, a la vez, efectivo, justo y redistributivo? Incluso si empezáramos hoy, que no es el caso, la tarea de rehacer el entramado institucional requiere de una o dos generaciones para lograr el resultado buscado.


En 1947 Daniel Cosío Villegas, tras reflexionar sobre las perspectivas que se abrían para México al concluir la II Guerra Mundial, llegó a la conclusión que nuestra comunidad nacional estaba en medio de una gran crisis, una crisis de futuro y que la razón era básicamente una falla moral de las élites.


Para Cosío, México no debía dejar su destino en manos de los intereses del poderoso vecino del Norte, so pena de abdicar no sólo de su soberanía sino de su sentido mismo de comunidad histórica. Tampoco podía ya confiar en su clase política —la priista—, pues examinando al país en 1946, Cosío veía a la clase gobernante como irremediablemente tocada por la corrupción y por un escaso compromiso con el programa social, político y cultural que, se suponía, había sido la razón de ser de la lucha de Madero y sus sucesores. Y por lo que hacía a las alternativas, la situación era igual de desoladora: la izquierda había representado lo mejor de la Revolución, pero ya estaba agotada y la derecha —el PAN, los empresarios y la Iglesia— eran incapaces de trascender sus intereses de clase en aras de un proyecto que tuviera sentido para una mayoría que desde siglos había sido encajonada en una cultura de la pobreza.


La crisis de México fue un diagnóstico que se efectuó hace 63 años, pero con unos cuantos cambios pudiera haber sido escrito hoy. El origen del problema, dijo Cosío, “proviene de que las metas de la revolución se han agotado.” Hoy no sólo siguen agotadas las metas del viejo régimen, pero también lo están ya las del supuesto nuevo régimen ¡el que se inició hace apenas nueve años! En menos de dos sexenios, la vitalidad del cambio se consumió.


“La Revolución Mexicana, dijo Cosío, nunca tuvo un programa claro” pero, en la práctica, acometió tres grandes tareas: ensanchar el espacio de la libertad política, modificar la injusta tenencia de la tierra (acabar con el México de las “cien familias”) y dar protección al obrero. Del propio ensayo se desprenden dos más: hacer que la educación formal llegara a las clases populares y dar contenido al nacionalismo. La Revolución nunca pudo cumplir plenamente esas cinco metas, pero al menos lo intentó. Hoy, el programa del panismo en el poder ha sido, si cabe, menos claro que el de la Revolución y sus logros aún más pobres.


En 2000 se anunció urbi et orbi que México entraba en la etapa del “cambio”, ¿pero cuál? No hubo modificación al modelo económico formulado por la troika priista De la Madrid—Salinas—Zedillo. El crecimiento de esa economía apenas si fue perceptible y hoy estamos en franca recesión. La histórica y profunda desigualdad social se ha mantenido sin variación y la ausencia de una auténtica reforma fiscal sigue siendo una de las razones de la debilidad del Estado. No ha habido avance en la lucha contra la impunidad o la corrupción. Tampoco una corrección de fondo en el desastroso sistema educativo. Por lo que ha seguridad se refiere, estamos hoy tan mal o peor que antes, (12 mil ejecutados en lo que va del presente sexenio). Las violaciones de los derechos humanos van en aumento. Las elecciones presidenciales de 2000 fueron aceptables, pero ya no las de 2006 y, según una encuesta de 2008, sólo el 43% de los mexicanos realmente apoya a la democracia como la mejor fórmula política, es decir, 14 puntos porcentuales menos que el promedio latinoamericano, (www.latinobarometro.org).


Refiriéndose a la calidad del liderazgo de la Revolución hecha Gobierno, Cosío dijo que en 1946 ya había llegado el momento en que “[l]o humanamente imposible era conservar la fe en un gobernante mediocre y deshonesto. Así, una corrupción administrativa general, ostentosa y agraviante, cobijada siempre bajo un manto de impunidad


“[H]a sido la deshonestidad de los gobernantes revolucionarios, más que ninguna otra causa, la que ha rajado el tronco mismo de la revolución mexicana”. Sin duda que lo mismo puede decirse del sistema actual. Respecto del PAN, Cosío escribió hace 63 años: “me parece claro que Acción Nacional cuenta con tres fuentes únicas, aunque poderosísimas, de sustentación: la Iglesia Católica, la nueva plutocracia y el desprestigio de los regímenes revolucionarios”. Pues bien, esta última ya se anuló al punto que una parte importante de los mexicanos que fueron a las urnas en las últimas elecciones optó por los herederos de los “regímenes revolucionarios” y contra los herederos de Gómez Morín. Incluso es posible que, por su pobre desempeño, la plutocracia ya esté reconsiderando su apoyo al PAN.


Casi al final de su ensayo, Cosío hace referencia a la izquierda. Dice que por treinta años ésta llevó a la Revolución hasta donde llegó para, finalmente, perder su autoridad moral y política. Por tanto “es indudable que las izquierdas tendrían que purificarse o morir”. Hoy, la categórica afirmación es tan válida como entonces y es el gran desafío para la izquierda.


Si, como afirmó Cosío en 1946, el post cardenismo fue el ahogo moral de México, hoy registramos una situación similar, pero más aguda. El posible retorno del PRI al poder pudiera administrar el problema, puesto que él lo creó, pero no lo resolverá. Necesitamos una opción auténtica, distinta, radical.


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HISTORIAS DE LA EMIGRACIÓN

por José Saramago

(publicado en El Cuaderno de Saramago el 17 de julio de 2009)


Que tire la primera piedra quien nunca haya tenido manchas de emigración ensuciándole el árbol genealógico… Tal como en la fábula del lobo malo que acusaba al inocente corderito de enturbiarle el agua del riachuelo donde ambos bebían, si tú no emigraste, emigró tu padre, y si tu padre no necesitó mudar de sitio fue porque tu abuelo, antes que él, no tuvo otro remedio que irse, cargando la vida sobre las espaldas, en busca del pan que su tierra le negaba. Muchos portugueses murieron ahogados en el río Bidasoa cuando, noche oscura, intentaban alcanzar a nado la orilla de allá, donde se decía que el paraíso de Francia comenzaba. Centenares de miles de portugueses tuvieron que someterse, en la llamada culta y civilizada Europa de más allá de los Pirineos, a condiciones de trabajo infames y a salarios indignos. Los que consiguieron soportar las violencias de siempre y las nuevas privaciones, los sobrevivientes, desorientados en medio de sociedades que los despreciaban y humillaban, perdidos en idiomas que no podían entender, fueron a poco a poco construyendo, con renuncias y sacrificios casi heroicos, moneda a moneda, centavo a centavo, el futuro de sus descendientes. Algunos de esos hombres, algunas de esas mujeres, no perdieron ni quieren perder la memoria del tiempo en que tuvieron que padecer todos los vejámenes del trabajo mal pagado y todas las amarguras del aislamiento social. Gracias les sean dadas por haber sido capaces de preservar el respeto que debían a su pasado. Otros muchos, la mayoría, cortaron los puentes que los unían a las horas sombrías, se avergonzaron de haber sido ignorantes, pobres, a veces miserables, se comportan, en fin, como si una vida decente, para ellos, solo hubiese comenzado verdaderamente el día felicísimo en que pudieron comprar su primer automóvil. Esos son los que estarán siempre dispuestos a tratar con idéntica crueldad e idéntico desprecio a los emigrantes que atraviesan ese otro Bidasoa, más ancho y más hondo, que es el Mediterráneo, donde los ahogados abundan y sirven de pasto a los peces, si la marea y el viento no prefieren empujarlos hasta la playa, mientras la guardia civil no aparece para levantar los cadáveres. Los sobrevivientes de los nuevos naufragios, los que pusieron pie en tierra y no fueron expulsados, tendrán a su espera el eterno calvario de la explotación, de la intolerancia, del racismo, del odio por su piel, de la sospecha, de la humillación moral. El que antes había sido explotado y perdió la memoria de haberlo sido, explotará. El que fue despreciado y finge haberlo olvidado, afinará su propia manera de despreciar. Al que ayer humillaron, humillará hoy con más rencor. Y ahí están, todos juntos, tirándoles piedras al que llega a la orilla de acá de este Bidasoa, como si nunca hubiesen emigrado ellos, o los padres, o los abuelos, como si nunca hubiesen sufrido de hambre y de desesperación, de angustia y de miedo. En verdad, en verdad os digo, hay ciertas maneras de ser feliz que son simplemente odiosas.


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